Entrevista a Juana Gómez

Foto © Alejandro Araya

“Bordar es una especie de meditación”

En muchas ocasiones Pinterest se convierte en el mejor sitio para encontrar grandes joyas o tesoros escondidos. Fue aquí, de hecho, donde me tropecé por primera vez con el proyecto Constructal, creado por nuestra protagonista de hoy: la chilena Juana Gómez (Santiago de Chile, 1980).

Mientras que Meghan Willis representa en sus piezas la corporalidad y sexualidad de las mujeres, Juana se basa en su propio cuerpo para descubrir lo que sucede en su interior: cómo funcionan las redes neuronales o arteriales, cómo son el sistema nervioso central o el linfático, cómo se conectan los diversos puntos del cuerpo, etc. Sus fotografías, bordadas a mano con sumo cuidado, se convierten prácticamente en detallados estudios en los que se combinan naturaleza, matemáticas, arte y biología.

Pero lo más curioso es que estos trabajos no solo deben verse como representaciones anatómicas cuidadosamente recreadas. Juana va más allá y reflexiona sobre cómo nuestro interior parece tener una clara conexión con el mundo que nos rodea, con nuestro entorno, pero ¿cómo?

La propia artista nos habla, en la siguiente entrevista, sobre trabajo, sus intereses, su forma de ver el mundo o su futuro. Una gozada conocer su historia a través de sus palabras.

Para aquellos que todavía no te conocen mucho, cuéntanos de dónde eres y cuándo empezaste a interesarte por el arte.

Soy chilena, tengo 36 años y viví en el sur y en la Patagonia de Chile. Lo que hago ahora (tomar fotos, dibujar y bordar) son cosas que hago desde que tenía 6 o 7 años. En Punta Arenas hacía dibujos tradicionales de la zona y luego los vendía a turistas; así me compré mi primera cámara analógica a los 17 años.

 

Hace relativamente poco decidiste dedicarte profesionalmente al arte después de más 10 trabajando como diseñadora. ¿Qué es lo que te impulso a dar el salto?

Estudié arte, pero antes de terminar me di cuenta que no tenía posibilidad de ejercer la carrera. Fue una mezcla de dificultad y desencanto. En ese tiempo hacía instalaciones con objetos industriales de bajo coste y no había un mercado –aunque no sé si lo hay aún para ese tipo de obras–; las realizaba con fondos del Estado o de manera privada. Vivía sola en Santiago, mis padres pasaban una gran dificultad económica y solo tenía 5 mil pesos chilenos a la semana (menos de 10 dólares).

Un año antes de salir de la escuela cambiaron la maya curricular y se incorporaron técnicas digitales. Aunque mi relación con los ordenadores era cercana a cero, intuí que al menos iba a poder seguir investigando por ahí, porque si usaba los ordenadores de la escuela no tenía que invertir en materiales. Conocí, además, a un gran amigo músico y compositor y con él empecé a hacer mis primeros stop-motion; después le diseñé la portada de sus discos y así empecé a trabajar con músicos. En este momento hacía lo que quería investigar. Dibujada y animaba de manera muy artesanal, pero al proyectar lograba una imagen enorme. Sentía que había un público presente vibrante, todo lo contrario que en una galería. El trabajo con el diseño fue a raíz de ese recorrido que tuve que hacer y llegó de manera natural.

¿Retomar el arte? Sinceramente fui empujada por gente que amo, pero siempre me ha costado creer en mi propio trabajo. Siempre dudo y creo que no es tan bueno. Me da pudor y hacer arte es encontrarte con la inestabilidad, con la duda permanente. De alguna manera te separas de la norma, se vive de forma distinta. Tu cabeza está constantemente indagando en hoyos que, si no están fortalecidos, pueden ser laberintos envolventes de los que cuesta salir, aunque creo que ya lo enfrento con mayor desapego. Uno no vive haciendo la gran obra, todo es un recorrido. Los lenguajes cambian y se acomodan a lo que estás viviendo.

En estos años como artista, ¿con qué barreras te has encontrado?

Las mayores barreras fueron, al principio, las dificultades económicas (lo mencionaba antes). Pero aparte de estas dificultades, las cosas habían perdido sentido: no dialogaba bien ni con la escuela ni con las galerías. Me motivaban a exponer y pensaba ¿para qué? Ahora sé para qué, o al menos lo intuyo, y eso ayuda a hacer cosas bien irracionales, como bordar durante meses como una vieja loca encerrada, pero hay una certeza que no se puede explicar de manera muy racional.

 

En tus comienzos trabajaste con pintura o dibujo, pero finalmente te enamoraste del bordado y esta técnica se ha convertido en tu seña de identidad. ¿Cuándo tuviste tu primer contacto con el hilo y la aguja? ¿Aprendiste a utilizar estos materiales dentro de tu familia?

Nunca pinté. Amo la pintura y la respeto tanto que estudie todas sus ramas. En la pintura hay una forma de entender cómo se va construyendo la imagen, hay un diálogo silencioso que se va construyendo en la observación y es también un hilo conductor de la historia del arte.

Aprendí a bordar en un colegio de monjas, aunque es algo que he visto en casa. Mi abuela bordaba ajuares de novia y de recién nacidos (vivía de eso), y mi mamá borda estolas de cura. Siempre la he visto cosiendo y tejiendo; tiene una habilidad increíble con las manos.

Mis primeros puntos los hice siendo yo muy chica. Después, en la escuela, hice trabajos con hilos, cosí bandejas de huevos, etc. ¡Ahí aprendí que los moldes los hacen con ácidos porque me hice heridas en las manos cociendo tanta bandeja! Hacía unas estructuras enormes, las iba a buscar a la Vega y me las llevaba en la micro. La Vega fue una gran fuente de materiales en la época de la escuela.

 

Según tus propias palabras, el acto de “bordar es una especie de meditación.” ¿Qué es lo que más te gusta de esta técnica?

Lo que más me gusta es que me hace consciente. Me hace consciente de lo que cuesta el trabajo manual, del trabajo del artesano, de la herencia femenina.

Me gusta que es un acto repetitivo, casi como respirar, pero que deja una suma en la trama del textil y esos pequeños actos van construyendo un lenguaje más complejo.

 

Tu trabajo más conocido hasta ahora es la serie Constructal, compuesta por ilustraciones anatómicas realizadas a través de fotografías e hilos. ¿Por qué te interesa tanto la anatomía?

No es la anatomía lo que me interesa, son los patrones que nos construyen. La serie Constructal trata de hacer un paralelo entre cómo se comporta un río y los hongos bajo tierra con nuestra propia anatomía. Si los observas, te das cuenta de que hay muchas similitudes. La ley Constructal del profesor Adrian Bejan explica el por qué de esto. Una de las razones es la optimización de recursos, que es, además, uno de los factores que influyen en el momento de la evolución de la especie.

Este paralelo no vino desde la anatomía, sino trabajando con programadores y tratando de entender cómo se comportan las redes sociales, por qué se habla de viralización, cómo funcionan los algoritmos de la web… Y así, desde la web, pasé a los nodos linfáticos y de los nodos linfáticos a observar el crecimiento del hongo y la propia red social que generan con las raíces de los árboles (WWW, World web wood).

 

Parece, además, que hay algo autobiográfico en esta serie: en la mayoría de las ilustraciones usas tu propio cuerpo como base. ¿Hay algo de autoconciencia, de descubrir mi yo frente al resto?

Y de desaparecer también. Lo que hago es cubrirme para desaparecer, para ser cualquier otra persona. Lo más difícil fue trabajar sobre mi propia imagen, pero no quise trabajar con otra. Era algo difícil enfrentarme a mi propia desnudez, aunque esto me ayudó a hacerme un poco más consciente de lo femenino y a conseguir una aceptación muy sanadora. También soy consciente que fue el registro de cómo era yo en ese momento; creo que la voy a volver a hacer en 10 años más.

En el fondo hablo desde mi pero para ilustrar cosas universales, para decir que nadie es tan especial: vas a venir a este mundo, vas a tener una oportunidad, y luego da lo mismo si eres importante o no, tu corazón dejará de latir. Las venas dejarán de llevar sangre al resto de cuerpo y volveremos a ser ceniza, gas como todo el resto. Todos volveremos a ser parte del todo. Cada vida es una trama tan singular como nuestra huella digital, es hermoso y contradictorio.

 

Esta claro que para crear te basas en la observación de la naturaleza que nos rodea. ¿Qué es lo que te más te atrae del mundo natural?

Hay mucho que aprender desde la observación de la naturaleza. Lo que más me gusta son los árboles de hoja caduca porque van registrando las estaciones. Me gustan porque los observo y pienso “así es un pulmón gigante”.

En mi casa hay cuatro Foyes (comúnmente les dicen canelos aquí en Chile). El foyé es un árbol sagrado mapuche, así como el ceibo para los Mayas; sus ramas conectan con el supramundo y sus raíces con el inframundo… la relación de los árboles y los hombres es tan antigua como la historia del hombre.


Tienes una mirada casi científica hacia el cuerpo femenino, una mirada de investigador que tradicionalmente ha sido reservada a los hombres. ¿Haces alguna lectura en clave feminista de tus estudios anatómicos?

Siempre pensé que ser mujer era como un castigo. Nunca pensé tener hijos. Yo quería ser niño y arriar vacas como mi hermano (actividad de la que me dejaban fuera por ser mujer).

Sentía que cada ciclo era una pérdida de tiempo. Mi mamá me decía que era una bendición porque así podía tener hijos, pero yo no lo veía así. Comportarme como una señorita o vestirme como una señorita son cosas que sigo odiando y nunca he podido entender. Soy bien masculina para mis cosas.

Sin embargo, me tocó ser mamá y hacer esta serie sobre el cuerpo femenino. Mi primera conclusión fue que las mujeres somos muy poderosas, podemos hacer y hacer hasta el cansancio. Las mujeres no tenemos una relación amorosa con nuestro útero: no lo vemos, jamás lo hemos visto, solo sabemos que está ahí porque sangra, duele o estamos embarazadas… ¡pero es el lugar que cobija la vida! Hombres y mujeres nos hemos desarrollado en un útero materno y no solo transportamos la mitad de su código genético, sino que hay una verdadera conexión que el feto desarrolla las primeras semanas de gestación para recibir información y nutrientes de la madre. Otra observación es que generar vida tiene un costo; es algo muy fuerte tan solo ser una persona potencial que puede engendrar vida.

Sí me he vuelto más feminista, pero de todas maneras no estoy de acuerdo cuando dicen que somos iguales. Eso me irrita… ¡No somos iguales para nada! Lo que no logro entender es por qué no hay igualdad de derechos. Todos somos distintos y hay que ver cómo conviven las diferencias con la igualdad de derechos, pero al menos en América Latina esto lo veo como una quimera.


Aprovechando tu condición de artista – mujer, hay que preguntarte algo esencial: ¿has sentido alguna dificultad dentro del sector por cuestiones de género?

Dentro de mi sector no he tenido ninguna dificultad directa, aunque al parecer la balanza se inclina hacia los hombre. Yo trabajo con una galería (galería Isabel Croxatto) donde la directora es una mujer muy potente con una tremenda trayectoria en la danza, como bailarina y coreógrafa, y siento que de ella irradia ese poder femenino del que hablaba. Isabel literalmente no para y nos mueve, y tiene un equipo de mujeres potente en su galería.


Sea cual sea tu experiencia personal, es imposible no darse cuenta de que existen muchas alumnas en las facultades de Bellas Artes, pero solo unas pocas llegan a desarrollar una carrera artística a largo plazo. ¿Crees que es fácil ser mujer – artista en Latinoamérica?

No, para nada. Creo que existe el prejuicio, también en las mujeres, de que si un artista es hombre hay que tomárselo en serio. Yo lo veía en la escuela, era algo evidente. Los profesores como Justo Pastor Mellado se reían de nosotras diciéndonos que íbamos a llegar con nuestras “pinturas” en el Subaru Station (un modelo de auto particular) del marido o que íbamos a decorar los lobby de los edificios.

Financiar una carrera artística siempre es un filtro y una resistencia tremenda. En América Latina es mucho más común que una mujer se quede en casa respaldando la carrera del marido que al revés.

También creo que el arte en América Latina ha tenido un crecimiento enorme, al menos en Chile. Se han abierto nuevas (y buenas) galerías y el coleccionismo ha empezado a tomar otro peso; eso, unido al hecho de que hay ferias que ocurren una vez al año en las distintas capitales (Ch.Aco, Artbo, ArteBa, Zona Maco), ha generado otras rutas que han ido fortaleciendo el mercado del arte. Además ha habido un recambio generacional. Creo que la cosa está cambiando, no solo en relación al número de mujeres en el Arte, sino también al tipo de arte que abandona el muro, las galerías y se toma espacios menos convencionales.


Cambiando de registro, ¿qué otros artistas que utilicen el bordado te interesan?

Me gusta mucho el trabajo de la artista chilena Mónica Bengoa. Soy, también, una admiradora del trabajo de Chiachio & Gianonne, con quienes tomé un taller de producción en Buenos Aires y fue una experiencia hermosa.

 

Y para terminar, ¿qué planes de futuro tienes con tu trabajo?

Vienen algunas ferias internacionales como la de Estambul en noviembre del 2016 o la de Hong Kong el año que viene, donde estaré a través de la galería Isabel Croxatto. En diciembre voy a retomar, además, la instalación: la idea es levantar el patrón (como de raíces) en 3D con hilos a partir de un estudio de cultivo de neuronas del biólogo Felipe Court. Quiero comenzar en un espacio acotado, tomar conclusiones, aprender y poder presentar algún proyecto de mayor tamaño para 2017.

Una de las conclusiones de mi trabajo es que sigo con los hilos, el textil, pero empiezo a abandonar la relación directa con la anatomía. Empieza a mutar para seguir otro camino.

¡Muchas gracias Juana!
Si queréis conocer más su obra,
os recomendamos visitarla en:

Página web: www.juanagomez.com
Facebook: Juana Gómez
Instagram: @juana_gomez_m


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